La Amenaza Fascista

Por Maximiliano Rodríguez

La primera mayoría obtenida por José Antonio Kast en la primera vuelta presidencial dejó desconcertados a gran parte de los actores políticos de la escena nacional. Su irrupción puso en recirculación en el vocabulario político la amenaza del fascismo. Pero, ¿qué es específicamente el fascismo?

A inicios de los 70’, el sociólogo marxista greco-francés Nicos Poulantzas llevó a cabo un riguroso análisis de este[1]. Apoyándose en escritores como Trotsky y Gramsci, su objetivo era dilucidar las particularidades políticas y sociales que daban origen al fenómeno fascista. Su estudio aborda también toda la reorganización del aparato estatal (represivo e ideológico) que el fascismo lleva a cabo. O sea, la forma en que la dominación burguesa se ejerce finalmente a través de él una vez que accede al poder.

Resulta pertinente remitirse hoy en día al trabajo de Poulantzas, especialmente por la ligereza con que se suele referir al fascismo, tildando prácticamente a cualquier expresión de derecha como tal. Si se quiere entender el fenómeno del fascismo –y los peligros que este plantea para la clase trabajadora–, hay que abordarlo con seriedad y rigor. Esta es la única manera de poder combatirle de la mejor forma posible.

Más allá de su discurso, y el giro represivo del Estado, el fascismo –como fenómeno político burgués– es un movimiento de masas, que lleva a cabo un asalto “desde fuera” (aquí su particularidad) al aparato estatal. Su objetivo es resolver una profunda crisis político-ideológica en que se encuentra sumido el conjunto de la clase dominante.

Este “asalto” no significa necesariamente un quiebre institucional como condición de acceso al poder del fascismo. De hecho, tanto en Italia como en Alemania, Mussolini y Hitler llegaron a la cabeza de sus respectivos Estados a través de elecciones democráticas.

Ahora bien, en el actual escenario político del país, resulta interesante poder aplicar el esquema de Poulantzas. La cuestión aquí es, ¿qué elementos se han ido configurando en el escenario político durante el último tiempo sobre los cuales la burguesía local pudiese eventualmente articular una salida fascista –o con rasgos fascistoides– a la actual crisis?

En el contexto de las consecuencias de la Primera Guerra, la crisis económica y el ascenso del capital monopolista, el fascismo clásico irrumpió en un período de redefinición de la relación entre economía y política. En los capitalismos centrales aquel cambio tomó cuerpo en el tránsito hacia una nueva forma de Estado, de una liberal a una intervencionista.

Tanto a nivel internacional como local, el capitalismo atraviesa hoy en día por momentos definitorios en lo que a dicha relación se refiere. En el plano internacional, las consecuencias de las recientes crisis económicas (subprime y covid) han traído de vuelta un rol público más activo, tanto lo fiscal como en lo monetario. Pero, lo que augura un lugar estructuralmente más relevante del Estado de lo que tuvo durante el período neoliberal es la crisis ecológica.

Así, y a diferencia del siglo pasado, ahora no sería una cuestión de estabilizar la actividad económica, que era el programa del keynesianismo clásico, sino de encausarla “sustentablemente”. Los alcances de la crisis climática generaría así la necesidad para el capital global de adoptar un nuevo arreglo institucional que reemplace a las políticas neoliberales por una suerte de “keynesianismo verde”. Este keynesianismo, en contraste con el clásico, tendría como objeto no tanto el manejo fiscal y monetario como la regulación y encausamiento de los procesos productivos en pos de la “sustentabilidad”, reposicionando el rol del Estado en la esfera económica.

En lo local, la relación economía y política también pasa por un momento de cuestionamiento. La arquitectura económica que la burguesía chilena levantó durante el período transicional se encuentra resquebrajada[2]. La piedra de toque para la cimentación de un eventual nuevo ordenamiento parece ser aquí la disputa por una reforma tributaria de mayores alcances que las promovidas por Bachelet y Piñera. Una reforma que permita levantar y financiar un sistema de seguridad social, y que no es sino la forma material de las nuevas alianzas de clases del próximo período, especialmente entre el gran capital y las clases medias.

Ahora bien, la cuestión de la relación entre economía y política es solo un elemento más del cuadro general de origen del fascismo. Es, por decirlo de alguna manera, el escenario sobre el que este surge, pero que en sí mismo no explica su ascenso ni su especificidad. Para ello hay que remitirse a la esfera política, y en particular al estado de las clases sociales y la lucha entre ellas. Es allí donde reside finalmente la especificidad del fascismo.

Y en efecto, el fascismo responde en último término a una crisis política dentro del capitalismo. Pero no a cualquier crisis.

Las experiencias fascistas del siglo pasado surgieron en un contexto de crisis general del sistema de partidos, que toma la forma de un quiebre de la relación de representación de estos. Precisamente el oportunismo electoral que los partidos políticos mostraron frente a los retiros previsionales o a la acusación constitucional son muestras de la crisis en que se encuentran sumidos, cuestión que terminó refrendándose en la contienda presidencial con el relegamiento a segundo plano de los bloques partidarios de la transición, así como también la irrupción de la candidatura de Parisi y su referente político (Partido de la Gente).

Esta crisis conlleva a que los partidos dejen de cumplir el rol mediador entre los intereses de las distintas clases sociales y la institucionalidad estatal, lo que trae aparejado la constitución de grupos de presión ad hoc y redes paralelas para influir sobre esta. Todo lo cual allana precisamente la autonomización de ciertas ramas del aparato estatal y los giros represivos de este.

No obstante, la crisis de los partidos no es sino consecuencia de las disputas internas de la clase dominante, que en el caso chileno responde en lo fundamental a los cambios que han venido acumulándose en la base capitalista[3].

En la misma línea, las sostenidas tasas de abstención electoral (entre 50 y 60%) confirman que la polarización está localizada más bien en las altas esferas de la institucionalidad política antes que en la base social. Es un hecho que las masas trabajadoras y populares han estado ausentes como actor en las recientes contiendas políticas.

Adicionalmente, la crisis de los partidos políticos surge en el marco de un vacío ideológico general de la sociedad donde emerge el fascismo, y que afecta transversalmente a las clases. En otras palabras, no es solo la clase dominante la que se encuentra cruzada por una profunda crisis ideológica –a la cual el fascismo intenta dar solución–, sino también las clases dominadas.

Por el lado de la burguesía, es indudable que hace rato arrastra una crisis ideológica. Los aparatos típicos de este ámbito, como la Iglesia, el sistema educativo, los partidos y los medios de comunicación, se encuentran cuestionados. Prácticamente ninguna de las principales instituciones ideológicas del período transicional subsiste como actor relevante. Así, por ejemplo, si la Iglesia católica jugó un rol decisivo en la vuelta de la democracia como mediadora de las distintas fuerzas en pugna en aquel momento, hoy en día resulta simplemente impensable recurrir a dicho actor para mediar una eventual salida a la actual crisis.

El éxito de Kast se basa –en parte– en llenar el vacío ideológico de esta crisis en la clase dominante, develando las inconsistencias del progresismo histérico de las clases ilustradas. Apelando a una mezcla de conservadurismo y prejuicios, Kast y sus seguidores le muestran al conjunto de la burguesía una opción política capaz de concitar un apoyo electoral de al menos la misma fuerza que la del progresismo, y que al mismo tiempo encara una serie de focos críticos del sistema de dominación: el conflicto en la Araucanía, el control del orden público y la migración.

Sin embargo, la crisis en lo ideológico no es privativa de la burguesía local, sino que se extiende –incluso con mayor profundidad– a las clases trabajadoras y populares del capitalismo chileno.

Expresión de esto es el estado de los partidos y organizaciones de izquierda. En general, se trata de referentes sin arraigo de masas entre las clases que pretenden representar, ni tampoco se interesan por implementar tácticas de intervención política en dirección de subsanar dicha falencia.

Sin embargo, en lo ideológico la cuestión es aún más grave. La tónica es la penetración ideológica burguesa y pequeñoburguesa. Las vertientes provenientes del reformismo clásico apelan a un estatismo nacionalista, que indefectiblemente las ata a la defensa de salvajes regímenes de explotación y opresión de las clases trabajadoras en América Latina. Mientras que las expresiones más “radicales” no son sino un variopinto menjunje de estrafalarias ideas (controlistas obreros, controlistas comunitarios, insurreccionalistas, teóricos de la conspiración, pachamamistas, teóriques queer, antivacunas, animalistas, y cuanta cosa se cruce por delante, todo suma…), unidos simplemente por un infantilismo anti institucional moralista y una serie de reivindicaciones incomprensibles para las clases populares.

Finalmente, y directamente relacionado con lo anterior, el fascismo no es una respuesta de la burguesía a la ofensiva de la clase trabajadora. Contrario a lo que suele pensarse, este se alza sobre la derrota de aquella. Y esto constituye un punto de discrepancia fundamental con la caracterización que la mayoría de las organizaciones de la izquierda radicalizada hacen respecto a la naturaleza y perspectivas del estallido de octubre. En efecto, la militancia de este sector tendió a ver en aquel el preludio de una verdadera insurrección popular con potencialidades inmediatamente revolucionarias, cuando en sus momentos de mayor algidez no pasó de episodios de revuelta tumultuaria.

Lo importante es que nunca estuvo desafiado el poder político del capital, ni posibilidad inmediata de hacerlo. Elementos básicos de una situación revolucionaria no estuvieron planteados. Se abrieron sí, en cambio, espacios de politización de las masas, que, en ausencia de una línea de intervención política adecuada, fueron lamentablemente desaprovechados, llevando finalmente al desbande de la protesta, primero, y a la desafección y apatía de las clases populares, después.

Es así como hoy, a poco más de dos años del “despertar de Chile” y la “primavera de los pueblos”, la primera opción de quedarse con la elección presidencial la tiene un referente político encabezado por un candidato de abiertas tendencias filo fascistas. Si bien la cuestión no está aún decidida, lentamente se van reuniendo los elementos sobre los cuales la burguesía chilena podría perfectamente articular una resolución fascistoide de la actual crisis política.


[1] Nicos Poulantzas: Fascismo y dictadura. La III Internacional frente al fascismo, Siglo XXI, 1973.

[2] M. Rodríguez: El derrumbe de la institucionalidad transicional. Disponible en: https://revistaconfrontaciones.cl/2021/10/13/el-derrumbe-de-la-institucionalidad-transicional/

[3] M. Rodríguez: Perspectivas de la dominación burguesa en Chile. Disponible en: https://revistaconfrontaciones.cl/2020/12/14/perspectivas-de-la-dominacion-burguesa-en-chile/

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